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Fernando Uva, una triste historia de vida que dio paso a un talento de la música llanera.

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Nació  en Paz de Ariporo – Casanare, pero llegó a Hato Corozal cuando tenía solo siete años y allí vivió toda su niñez, su juventud y sus primeros años como adulto. Tras graduarse de bachiller, prestó el servicio militar y luego retomó el tema de la música, actividad que desarrolló desde que estaba en el colegio.

Fue justamente a los siete años de edad  cuando tuvo que abandonar su casa, pues no tenía buena relación con su padrastro, el cual le daba malos tratos. Su señora madre que era muy noble y sumisa, no quiso arriesgar su hogar  para defenderlo. Por eso antes de cumplir los 8 añitos, tomo sus pocas pertenencias y comenzó a rodar el mundo, con la incertidumbre de no saber qué futuro le esperaría. De su padre biológico nunca supo nada y por ser el mayor de 8 hermanos moralmente sentía que debía dejar de ser una carga para su madre, ya que sus hermanitos que crecían tras de él, necesitaban un espacio en su casa y fue así como tomó la decisión de emigrar.

Su abuelita, el gran amor de su vida.

En medio de su tristeza, recordó que en Hatocorozal vivía la madre de su padrastro, que en alguna ocasión había conocido en una visita que había hecho a su casa. De ella recordaba que era una señora tierna, amorosa y que quizá podría brindarle el afecto que su mamá no había podido darle. Ese fue el primer guiño que la vida le hizo favorablemente, porque la señora desde que lo vio llegar escuálido y triste a su casa, lo acogió como a su nieto y él desde ahí la adorado con el alma, como si hubiera nacido de sus entrañas. A la señora, no solo la convirtió en su abuela, sino en el ser más querido y valioso de su vida.

“Desde el primer momento que me vio llegar, cuando solo era un niño de siete años, mi abuelita me abrió las puertas de su casa, me acogió como su nieto y al lado de ella fui inmensamente feliz. Supe lo que era una caricia, una comida a la hora, una palabra de aliento y una frase de ternura. Con ella aprendí a rezar, a respetar a los demás y sobre todo a creer fervientemente en Dios, porque ella siempre me inculcó valores y a su lado también aprendí a cantar”, indicó Fernando.

 Sus comienzos en la música.

 “Al lado de mi abuela nunca me sobró nada, pero tampoco pase hambre ni  necesidad. Fui al colegio como todo niño de estrato bajo con dificultades, pero jamás me faltaron las ganas de salir adelante. Cuando me convertí en adolescente,  el cariño de mi abuela, la alegría de ver tan hermosos paisajes en Hato Corozal, y la felicidad que me producía ir a mi colegio, me fueron inspirando en la música. Un día mi profesor de artística en una de las clases, me escuchó cantar y desde ahí no he parado de hacerlo”, recuerda con nostalgia el joven artista.

Fernando fue un buen estudiante, buen deportista, gran amigo de sus amigos, pero sobre todo un joven talentoso, que siempre era tenido en cuenta para representar a su colegio en festivales de música.

Fueron muchos los concursos en los que participó; y no solo ganaba medallas y trofeos, sino también algo de dinero, con el cual se ayudaba en sus gastos personales y apoyaba a su abuela en las necesidades más apremiantes de la casa.

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El Ejército, una gran escuela.

 Al terminar su bachillerato, prestó el servicio militar en Pereira. Cuenta que  solo los meses de adiestramiento fueron difíciles para él, porque después de jurar bandera, allí conocieron de su talento para la música y lo ubicaron en una agrupación  de música llanera, y a partir de ese momento todo fue color de rosa para él.

“En Pereira aman la música llanera y con una agrupación que formaron en el Batallón, nos dedicamos a difundir el folclor llanero en colegios, universidades, empresas e instituciones de la ciudad. La sociedad y las instituciones solicitaban la presencia de nuestra agrupación en los eventos y prácticamente allí se me fue el tiempo de servicio militar. Esa experiencia me sirvió muchísimo, porque yo era el vocalista y con esa oportunidad, no solo me di a conocer, sino que deje mis temores de cantar en público, aprendí técnica y afiancé la voz”, dijo artista.

Hoy a sus 25 años, trabaja en una empresa, pero los fines de semana cumple  agenda como cantante de música criolla, en eventos, festivales y establecimientos comerciales, en donde requieran de su presencia.

“Además de mi abuela, ahora tengo una nueva  motivación y es mi hermosa hija Eliany, que a pesar de tener solo 3 meses, se ha convertido en mi motor de lucha permanente. Ella es la motivación que hace que cada día me esfuerce más, por superarme”, indicó.

Un prospecto hecho a pulso.

Fernando es de esos talentos que nacen para trascender. Si bien no ha tenido escuela en el tema musical, si ha contado con el respaldo de  grandes figuras de la canta criolla, que le han indicado como modular, y como sacarle partido a cada nota, pero sobre todo, la responsabilidad que implica ser representante del folclor más lindo del mundo, como lo es sin duda el folclor llanero.

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