Crónica de un guerrillero que desertó, por amor a su familia

 Crónica de un guerrillero que desertó, por amor a su familia

Por: Fabio Acevedo

«Mi mejor decisión de vida»

“Yecid, así llamaremos al protagonista de esta crónica, para preservar su identidad. Un exguerrillero que quiso compartir su historia, con el equipo de Casanare24horas.com en un paraje campestre, en los límites de los departamentos de Casanare y Arauca, en donde nos recibió con las muy válidas recomendaciones del caso, pero con una desbordante disponibilidad que nos permitió conocer más que una sorprendente historia de vida, a un gran ser humano víctima de la guerra, con una enorme fe en el futuro”.

Yecid creció en un ambiente difícil, entre gente que solo hablaba de guerrilla, atentados, secuestros, rostros desencajados de padres que lloraban la desaparición de sus hijos porque eran raptados para la guerra, o porque eran dados de baja en enfrentamientos con el Ejercito o la Policía.

«Crecí en una vereda del departamento de Arauca y desde que tuve uso  de razón, siempre supe que existía la guerrilla. Sabía que era un grupo de personas peligrosas,  pero en realidad nunca sentí miedo de ellos. Me los encontraba a menudo en los caminos de la vereda,  uniformados y con armas cuando yo iba o venía de la escuela, o cuando me tocaba llevar comida a los obreros que trabajaban en la pequeña finca que tenían mis padres. Pese a las advertencias de nuestros papás o profesores, sobre el respeto y desconfianza que se debía tener con los guerrilleros, en mi mente de niño siempre hubo hacia ellos una extraña admiración, inicialmente por su llamativo uniforme y por las armas que portaban,  y luego por las heroicas historias que me narraban cuando me los encontraba por los caminos o cuando iban a mi  casa a pedirle a mis padres que le regalaran plátanos, Yucas o gallinas. Por ser el único entre mis hermanos,  que no me asustaba con ellos, por autorización de mis padres, siempre era yo quien los llevaba a los cultivos a que recogieran la verdura que mi padre les regalaba», contó Yecid.

Dijo que se había familiarizado tanto con esa columna guerrillera, que ya llamaba a muchos de ellos por sus nombres y ellos a él, igualmente.

Su vida como guerrillero comenzó tras cumplir 14 años, cuando un joven amigo suyo de la vereda, que había ingresado al grupo subversivo dos años atrás, regresó a su casa a visitar la familia y también con la misión de reclutar a otros jovencitos, para llevarlos a engrosar las filas  de las Farc.

“Mi amigo me contó que venía a llevarse a los  jóvenes que quisieran irse para la guerrilla y yo sin consultarlo con nadie de mi familia,  tomé la decisión de irme. No pensé en el dolor que pudiera causar a mis padres y hermanos y me fui con otros 8 jovencitos de la vereda, que yo ya conocía  en la escuela», indicó.

Dijo que 15 días después se enteró, que su padre lo había  estado buscando y que sus jefes le habían dado la oportunidad de retornar, por consideración con su familia, pero que él no había querido regresar. Estaba deslumbrado por todo lo que estaba viviendo.

«En la guerrilla desde el comienzo fue todo difícil, el trato, los entrenamientos, las tareas asignadas, todo eso sumado a tener que aguantar hambre, dormir en el monte, el miedo de saber que en cualquier momento uno podía morir y la crueldad de los enfrentamientos con la fuerza pública, genera en uno, una extraña sensación de ansiedad permanente, miedo, desconfianza y resignación. Pero también en uno, se va formando una sensación de odio hacia la fuerza pública, un extraño orgullo y un deseo de llegar muy alto para tener poder, y eso es lo que hace que uno decida continuar», dijo.

Sin embargo,  contó que en sus nueve años de permanecer en la guerrilla, fueron muchas las ocasiones en que se arrepintió, de no haberse regresado con su padre, cuando éste lo fue a buscar. Una de sus primeras decepciones, fue cuando lo separaron de sus 8 compañeros, con los que había llegado a la guerrilla. Por disposición de sus jefes fueron distribuidos en frentes diferentes y en el suyo solo quedó con uno que murió un año después en un enfrentamiento, hecho que le causó gran tristeza. Con el tiempo se enteró que de todos los que habían llegado a la guerrilla, en el mismo «contingente», solo quedaba él y otro. Los demás habían muerto en combates.

«Recorrí muchos lugares de Colombia, pero siempre por entre el monte, con la zozobra de ser descubierto. No sé a  cuantas personas tuve que matar en combates, porque uno dispara a todo lo que se mueve. O a lo mejor no  maté a nadie, eso uno nunca lo tiene claro», contó.

Indicó que por su sagacidad y coraje en combates y  exitosa labor en temas de  inteligencia, siempre fue un líder que gozó del aprecio y confianza de sus superiores.

Participó  con éxito en muchas tomas, combates y labores  de inteligencia, hechos que lo convirtieron  en un hombre de confianza por parte de sus superiores, respetado y ficha clave  en cualquier iniciática de su frente. Su sagacidad, coraje y estrategia al momento de realizar tareas, lo convirtieron en un hombre imprescindible.

Desde que ingresó a la guerrilla, nunca pudo ir a visitar a su familia. Porqué según él, allí siempre hay algo que hacer. El tiempo pasa sin que las personas se detengan a ver si es verano o invierno, o si es lunes o viernes.

«Después de más de siete años sin saber de mi familia, una vez fui delegado con otros compañeros y unos superiores, a una reunión con otros frentes. Allí un compañero que había ido ocho meses atrás,  a una misión a la vereda donde vivía mi familia, en el departamento de Arauca,  me entregó una carta que ellos me habían enviado. La carta que venía envuelta en una bolsita trasparente y asegurada con cinta pegante,  estaba escrita por mi madre y en ella me contaba lo grandes que estaban mis hermanos y lo mucho que todos habían sufrido,  cuando yo me fui para la guerrilla. Pero lo más doloroso fue la noticia que ella se encontraba muy enferma, pues había sido diagnosticada con  cáncer uterino. Esa noticia me partió el alma porque mi madre era todo para mí», indicó.

Dijo que a partir de ese momento inició una batalla por lograr  un permiso para ir a visitar a su familia. Habló con sus jefes, envió solicitudes y siempre recibió una negativa. Le decían que “después de una misión, que cuando estuvieran en tal parte, o que más adelante”. Su anhelo de ver a su mamá lo agobiaba y el temor porque ella muriera  sin que pudiera verla antes, lo deprimía  mucho.

“Nunca pude lograr un permiso para ver a mi madre. Yo lo único que hacía era pedirle a Dios que la  sanara de esa enfermedad. Tenía mucha fe en que todo saldría bien, pero también entendía que Dios tenía sus razones para no escuchar mis ruegos, después de haberme apartado de mi familia de manera irresponsable, por lo cual a veces también dudaba que él me concediera el deseo de devolverle la salud a mi madre, y eso me atormentaba», narró Yecid.

Por esos  días Yecid conoció a una muchacha que había llegado a su frente guerrillero, con la que empezó una bonita relación y se hicieron novios, en medio de tanta incertidumbre. Dijo que ella había hecho más llevadera su vida en la guerrilla, sabiendo que tenía a su mamá enferma de cáncer.

«Tiempo después nos trasladaron hasta la frontera donde convergen los departamentos de Norte de Santander, Arauca y Boyacá. Estando allí, tan relativamente cerca de mi tierra,  me entraron nuevamente las ganas de ver a mi familia. Ya había pasado más de un año y no sabía nada de mi mamá, desde la  vez  que recibí su carta», dijo  Yecid tras indicar que nuevamente solicitó permiso para visitarla, pero sus jefes le dijeron que cuando terminaran la misión en la que estaban, se lo  darían.

«Una vez, cuando ya estábamos a punto de terminar la misión, me enteré que alguien de mi familia vendría a visitarme y eso me hizo sentir muy feliz. Pero mi felicidad fue mayor  cuando vi que mi padre, una hermana y un hermano, llegaron al campamento donde estábamos. A pesar que hacia cerca de nueve años que no los veía, los pude reconocer cuando llegaron al campamento. No lo podía creer, estaba con ellos. Pero mi felicidad rápidamente se convirtió en tristeza, cuando pregunté por mi mamá y me dijeron que había muerto, hacía cerca de año y medio. Mi hermana me comentó que  mi madre había muerto llamándome y que nunca paraba de pronunciar mi nombre», narró Yecid.

Dijo que les reclamó a sus hermanos y a su padre el por qué no le habían avisado antes, y que ellos le respondieron que sí trataron   de hacerlo en mucha ocasiones.

«Me dijeron que incluso en esos días en que mi madre estaba moribunda, enviaron varias cartas con personas que ellos sabían que las habían hecho llegar a mi frente. Pero que quizá mis jefes no habían querido hacérmelas llegar. Eso me destrozó el  alma. Mi mamá había muerto y yo no había estado presente», narró  el joven, dejando escapar algunas lágrimas.

Tiempo después se enteró que en su frente, muchos habían sabido a cerca de la muerte de su mamá, pero que por órdenes de sus  jefes, nadie le dijo nada, porque no querían que la noticia afectara su desempeño. Desde ese momento Yecid tomó la decisión de abandonar la guerrilla. Fue así como le comunicó a su novia la idea de escaparse  y ella aunque le parecía que la iniciativa era demasiado riesgosa, decidió apoyarlo.

Los días siguientes él y su novia cumplieron a cabalidad sus tareas, pero no abandonaron su plan de escaparse, sin levantar sospechas. Cuando consideraron que había llegado el día señalado, ajustaron todos los detalles y esperaron que llegara la noche.

El día en que escaparon de la guerrilla

«El día que consideramos, como clave para escaparnos era un viernes. Nosotros teníamos claro que el lunes siguiente nos íbamos con toda la tropa, del lugar donde estábamos, es decir de la frontera entre los departamentos de Norte de Santander, Boyacá y Arauca, pues ya habíamos terminado la misión. Ese viernes habían llegado unos cabecillas importantes al campamento, y habían traído bastante whisky. Ese día sabíamos que iba a haber tomata en el campamento y solo era contar con suerte y esperar el momento justo para escapar», narró Yecid.

Por la tarde ya los  jefes de Yecid  y sus compañeros empezaban a tomar whisky y  él y su novia se ofrecieron para prestar guardia. Al comienzo los jefes se  negaron ante la propuesta, alegando que ellos también debían participar de la celebración; sin embargo,  los jóvenes terminaron convenciéndolos y lograron que los dejaran prestar guardia.

«Sobre las diez de la noche, ya todos en el campamento estaban tomados  y decidimos que era el momento de irnos. Mi padre y mis  hermanos  en su visita, me habían llevado unas camisetas y  sudaderas y con eso nos  vestimos cuando nos quitamos el camuflado.  Lo único que nos dejamos puestas fueron las botas. Los uniformes y las armas las dejamos  detrás de nuestros cambuches para que las encontraran al otro día. Nunca se nos pasó por la mente llevarnos las armas», narró Yecid.

A las 10 de la noche, cuando ya algunos estaban dormidos por la borrachera y los demás se encontraban a punto  de hacerlo,  los jóvenes se escaparon. En su avanzada nunca pararon ni siquiera para mirar atrás. Algunas veces corriendo, otras caminando rápido, sentían que cada se alejaban del campamento y se acercaban a la esperada libertad.

«A las seis de la mañana, cuando ya habíamos caminado cerca de ocho horas,  llegamos a un corral  de ganado, en dónde una señora y un joven que después supimos que era su hijo,  estaban  ordeñando unas vacas. Nos  presentamos  y les dijimos que estábamos  secuestrados por la guerrilla, que nos habíamos escapado  y que íbamos para Saravena.  La señora muy amable nos permitió bañar, le prestó ropa y unas sandalias  a mi novia y a mí unos zapatos. Luego nos dio café con  leche y le dijo a su hijo que nos llevara en  una camioneta hasta Saravena. El joven sin perder tiempo prendió la camioneta y en menos de dos horas estuvimos en Saravena. Afortunadamente no encontramos ningún reten en la vía. Por el camino le dijimos al muchacho que nos llevara hasta un sector conocido como Puerto Contreras, un caserío sobre el río Arauca, en el municipio de Saravena. Teníamos hambre y mucho cansancio, pero sabíamos que no nos podíamos detener. Ya en Puerto Contreras, tomamos una embarcación hacia terreno venezolano. Allí en la frontera yo sabía que vivía  un viejo conocido de mi familia y compadre de mi papá,  y ese fue nuestro  objetivo, llegar hasta su finca», contó Yecid.

Efectivamente el conocido del padre de Yecid, los recibió y los ayudó a trasladarse días después hasta el estado Táchira. Tiempo después su padre y hermanos fueron a visitarlos y pudieron por fin conversar muchas cosas con ellos, libremente.  Allí vivieron hasta el año pasado, cuando el gobierno de Nicolás Maduro hizo salir a los colombianos indocumentados de ese país. De Venezuela salieron y por la frontera con Arauca ingresaron nuevamente  a territorio colombiano, y se dirigieron rumbo a las llanuras del Casanare.

Ahora Yecid y su esposa viven en una finca  de uno  de sus hermanos, en un lugar de la inmensa sabana casanareña. Ya son padres de un niño de cinco años y aunque son felices, creen que la felicidad va a ser más completa, cuando  los grupos subversivos depongan las armas.

«Mi última tristeza fue el día en  que perdió el Si, en el plebiscito. Tenía mucha fe en que ese día Colombia iba a decirle definitivamente adiós a la confrontación con las Farc. El resultado me cayó terriblemente mal. Ese domingo lloré mucho, me sentí confundido y pensé que las esperanzas de paz para Colombia,  se iban. Pero con el paso de los días mi fe ha vuelto y sé que la paz llegará muy pronto a mi país. Nunca me arrepiento de haberme escapado de la guerrilla, porque allí perdí muchos años importantes, que posiblemente ya no podré recuperar. Haber desertado fue mi mejor decisión de vida”, concluyó Yecid.

 

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